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domingo, 18 de septiembre de 2011

Capítulo #2

NOTA- voy a cambiar el tiempo de la historia a pasado. Es que con el presente hay frases que quedan regular :S Espero que no os importe. Bueno, disfrutad del segundo cap. :D

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Mamá trabajaba como enfermera en el Hospital St. Williams, por lo que siempre fue la persona que me curaba las heridas cuando me caía al suelo de pequeña. Tenía un enorme botiquín en la casa que tenía de todo. Desde Betadine a esparadrapo, para las peores ocasiones. Cuando me hacía una herida, adoraba que me cogiese en brazos y me curase con un algodón desinfectante. Me encantaba oír sus palabras para tranquilizarme y arroparme, saber que estaba ahí. Luego, me soplaba suavemente la herida, y me daba un besito en la zona afectada. Me sentía querida y feliz.

Pero cuando cumplí 10 años, a mamá la ascendieron a enfermera jefe, y también se ofreció a hacer turnos de noche 2 veces a la semana, a veces 3. Claro está, así ganaba más dinero, pero la verdad, a mí no me gustaba aquello. Siempre que volvía de sus turnos nocturnos, llevaba unas grandes ojeras y apenas podía caminar del cansancio. No me daba las buenas noches, ni me daba un beso en la frente antes de dormir. Sólo se iba a su cuarto, cerraba la puerta, y dormía profundamente hasta la mañana siguiente en la que volvía al hospital. A las horas de comer volvía para estar reunida con nosotros, e intentaba ser lo más cariñosa posible conmigo, algo que no funcionaba. Pasaba un poco de ella, por no decir completamente. Yo sabía que después de fingir ser la madre perfecta en la cocina, después de disimular todas las heridas de mi familia, volvería al trabajo, y volvería por la noche, si es que no tenía turno de noche, claro. Una vez le dije a papá que para éso era mejor no tener madre, a lo que él me pegó una bofetada y me dijo que no volviera a repetir éso nunca más. Claramente, no lo volví a hacer delante de él, pero si constantemente en mi mente.

Estábamos en el comedor, yo acababa de poner los cubiertos, sin dejar de pensar en mi conversación con Angela y Noah. Mientras, Aly repartía las servilletas y los vasos torpemente. La miré con dulzura, y la ayudé a ponerlos. Cuando nos sentamos y papá sirvió la comida, un riquísimo -nótese la ironía- plato de lentejas, su especialidad, Aly puso una mueca de asco. Mamá, que no podía fingir que no lo había visto, la regañó con dureza.

-Alycia, creo que ya eres lo bastante mayor para comportarte en la mesa y dejar de poner cara de asco a todo. Tienes ya 9 años. Siéntate derecha. Espalda recta. Y quítate ese pelo de la frente, pareces una...

Yo mientras me evadía de la conversación, aunque no podía evitar cerrar los puños con fuerza, y apretar los dientes bruscamente. Lo que más me fastidiaba de mamá, aparte de su falta de atención hacia la familia (aunque pudiese parecer un poco injusto porque no era culpa de ella trabajar tantas horas), era que lo pagase con Aly. A mí me daba igual que lo hiciese conmigo, o con papá. Nosotros nos sabíamos defender, y hacer caso omiso, porque comprendíamos su cansancio. Bueno, él, porque yo a veces no podía creer que ésa fuese la madre que yo conocí cuando era pequeña. Pero Aly...ella era indefensa, todo lo que le decía mamá provocaba grandes repercusiones en ella. Yo lo sabía. Un día, hará medio año, me contó que le encantaba ver Super Nanny, ésa serie que echaban en Cuatro, en la que una mujer, la cuál se hacía llamar como el título del programa, ayudaba a padres inexpertos a cuidar y no malcriar a sus hijos. Yo le pregunté por qué, y ella me respondió tranquilamente: "porque al menos tienen padres a los que le importan. Aunque los malcríen, les quieren. Ellos no chillan a sus hijos, no les pegan". Yo me quedé callada. Sabía por qué era éso. Apreté con más fuerza los dientes.

-Mamá, ya-dije secamente.

Ella me miró sorprendida, abrió la boca para decir algo, pero me vio las pocas ganas que tenía de hablar, y optó por callarse. Papá no sabía qué decir. Odiaba la tensión que siempre teníamos a la hora de la comida. Nuestra única reunión familiar diaria, cuando estábamos todos al completo. Para la cena ella nunca no llegaba. Nunca llegaba a nada.

Estuvimos unos largos minutos en silencio. Qué incómodo. Yo masticaba mis lentejas, intentando no demostrar mi desprecio hacia esa comida. Y Aly...bueno, ella hacía lo que podía.

-¿Sabéis qué? He ganado el premio al mejor cuento de entre todos los de 4º de Primaria-soltó de repente, creo que para romper el hielo.
-¿Ah, sí? Éso está muy bien, cariño-le dijo papá con una sonrisa.

Mamá la felicitó también, aunque yo ya lo había hecho, ya que me solía contarme sus cosas antes que a nadie.

-Dame el cuento-dijo mamá de repente.

Nosotros tres nos quedamos con gesto de interrogación. Aly cogió su mochila y rebuscó entre sus libretas, estuches y lápices. Cuando lo encontró, se lo entregó a mamá. No sabíamos para qué lo quería, ella se supone que ya lo había leído justo cuando Aly lo terminó de escribir. Sin decir nada, fue a la cocina, y nosotros la seguimos. Con su parsimonia habitual, ésa que solía hacer para las grandes ocasiones, pegó con un imán la hoja contra la puerta del frigorífico. Nosotros nos quedamos mirando, satisfechos. Mamá la apretó con fuerza hacia sí, y le dio un beso en la frente. Ese beso que me daba cuando era pequeña, cuando me hacía una herida, cuando era ella, y me prestaba atención. Desgraciadamente, Aly era demasiado pequeña cuando mamá era realmente quién era para darse cuenta de todo lo que había perdido. En ese momento, parecíamos una familia tan...feliz.

Cosa que en el fondo no éramos, en absoluto.

Ésto es un mini-capítulo, algo así para que os vayáis adaptando a la vida de la protagonista y éso. El próximo será más largo :)

lunes, 12 de septiembre de 2011

Capítulo #1

Corro por las resbaladizas calles atestadas de nieve, tropezando y deslizándome torpemente por ellas. Me falta el aire, pero es algo sin importancia comparado con lo que me puede ocurrir dentro de unos minutos. Siento el frío dentro de mi pecho. Doloroso y helado. Cruzo una calle, para luego girar una esquina, y después seguidamente correr, seguir corriendo hasta que no pueda más.

Me detengo, exhausta. El corazón se me sale del pecho. Mierda, me cuesta respirar. No puedo avanzar, a no ser que quiera que me de un telele en medio de la calle. Un poco más. Vamos. Después de avanzar apresuradamente durante unos 5 minutos, llego a mi destino.

Las anchas escaleras del instituto, con su inmenso jardín alrededor, y los altísimos portones, está delante mía, esperándome. Y, por suerte, con muchos chicos entrando a él. He llegado a tiempo.

-Eh, Syd, has llegado a tiempo-esa voz socarrona...sólo podía ser de...
-Oh, Angela. No me había dado cuenta de que estabas a mi lado, lo siento. Estoy que me caigo al suelo, de verdad. He corrido lo menos durante med...-su dedo índice roza mis labios, sellándolos.
-Calla, calla. Ésto se pone interesante.

No sé a lo que se refiere, hasta que no me coge la cabeza entre sus manos y me la dirige hacia una gran multitud agolpada de adolescentes dislocada.

-¿Qué ocurre?
-Nada. Sarah Lincoln, que...
-¿La presidenta?-su apellido hizo que le pusiéramos ese mote-me extraña que haya montado tal jaleo, es tan tímida.
-Bueno, si no me interrumpieses todo el rato, te lo contaría-dice, poniéndose de morritos.
-Vale, vale, captado.
Angela resopla, satisfecha, señal de que seguirá contando. Yo sonrío disimuladamente.
-Al parecer, la muy idiota ha ido contando por ahí uno de los ultra secretísimos secretos de Lil Stewart. Una estupidez, claro, como todas las que cuchichea ésa. Pero ya sabes, no le gustan que cuenten sus "privacidades". Ahora le está arrancando los pelos revolcándola por el suelo.
-Tampoco creo que sea una tontería tan grande si le está haciendo éso-respondo tranquilamente. Ese tipo de cosas no me suelen alterar, más que nada porque veo situaciones así a menudo.

Noto como una mirada de inquietud inunda su rostro. Pero por muy poco tiempo. Ella nunca da lugar a sus sentimientos. Nunca. Creo que es la única chica que conozco que nunca he visto llorar. Todas las de mi clase, desde Lil Stewart hasta Jennifer Lynn han dejado correr sus emociones más de una vez. Cada una por sus razones. Una por haber roto con su chico, otra por haber suspendido el examen de física, ése que había estudiado tanto, otra por problemas familiares inexplicables. Aunque claro, yo no las había visto a todas. Una mitad la había oído, mientras que la otra la había presenciado con mis propios ojos. Ella jamás, jamás lo había hecho. Yo sabía que era especial, pero por otra parte, la vida siempre le había sonreído, jamás le había dado razones para llorar por algo. Sus padre era cirujano plástico, y su madre directora de la segunda universidad más prestigiosa de Nueva York. No tiene problemas económicos, éso desde luego. Y tampoco físicos, ya que tiene una planta alucinante. A todo lugar al que vamos, no se salva de -como mínimo- dos piropos y alguna que otra palmada en el trasero, si es que es un día tranquilo, claro. En las notas es lo único en que no es perfecta. Lo saca todo, pero pasa de estudiar más de lo necesario. Con un 7 está más que contenta.

Éso sí, es increíble en los deportes. Todos los chicos la quieren en su equipo en las clases de Educación Física, cosa que da lugar a celos en las demás de la clase, las cuales se delatan con algunos comentarios cortantes y pasotas, como si aquello no les importase. Es la capitana del equipo de baloncesto femenino del instituto, y gracias a ello, habíamos conseguido ganar el último año el gran premio, ése que todos los institutos de la ciudad de Nueva York anhelan.

Y, sin duda, es una increíble amiga. Nos conocimos en 4º de Primaria. Ella era nueva. Su padre había recibido un nuevo trabajo mejor pagado en una clínica privada de la zona contraria a la que ellos vivían. O sea, ésta. Yo en su lugar habría llorado y pataleado el primer día, éso era una cosa segura. Pero me sorprendió ella nada más llegar porque no lo hizo. Simplemente saludó orgullosa a la clase, como si todos fuésemos una pandilla de mosquitos en una calurosa noche de verano, y ella tuviese todas las de ganar con un spray anti-nosotros. Por suerte, la sentaron a mi lado, gracias a nuestro orden de apellidos. Ella, Angela Finley, iba junto a mí, Sydney Fitgerard. Al principio no nos hablábamos, sólo nos dirigíamos miradas de soslayo, a veces intentando fingir orgullo (bueno, yo, ella lo hacía a la perfección), y una pizca de desprecio. Pero un día olvidé mi conjunto de lapiceros en casa, ésos cuyas puntas estaban tan bien afiladas, y que sabían dibujar los colores del arcoíris tan definidamente. Creí estar perdida, más que nada porque ese día nos tocó en clase de la señorita Telma dibujar la casa de nuestros sueños, y yo precisamente había decidido hacerlo lleno de optimismo y colorido. Pero ahí estaba ella, ante mi sorpresa, con su set de colores a mi disposición. Desde entonces, inexplicablemente, nos volvimos inseparables.

La miro de nuevo fijamente. Sí, definitivamente, ella es una de mis mejores amigas.

-Sí, éso dicen-murmura.

Estoy a punto de preguntarle si le ocurre algo, pero la campana del instituto interrumpe mis intenciones. A primera hora tenemos clase de Matemáticas con el profesor Stanley, alias Culo de Vaso, por sus enormes gafas. Es un hombre sesentón, de pelo cano, y mirada profunda, una que si te pilla copiando en un examen te deja sin papeletas para poner excusas. Ni una. Vale. No me extraña en absoluto que su asignatura sea la más suspendida en mi clase. Por ahora, de los 5 exámenes que hemos hecho con él, como un 70% de la clase ha suspendido todos. Sí, una buena cifra.

-Srt. Fitgerard, ¿tendría usted el honor de salir al encerado e ilustrarnos con su sapiencia?
-¿Emfp?-sí, ese gruñido es mío.
-Digo, Srt. Fitgerard, que si...
-Sí, sí. Ahora mismo.

Me arrastro como puedo hacia la pizarra. Después de mi larga carrera hacia el instituto, suelo embargarme un largo estado de duermevela. Miro la lisa superficie, llena de extrañas escrituras matemáticas. A ver, pensemos. Primero, localizamos el...y después, despejamos, para después...

-Muy mal, Srt. Fitgerard. Puede ir a su sitio.
-Pero si...
-Vaya a su sitio. Un poco de café matutino no le vendría nada mal. Tiene cara de sueño.

Estoy dispuesta a irme a mi sitio, pero antes de éso, le pregunto:

-¿Qué es sapiencia, profesor?
-Lo que usted no tiene, querida, lo que usted no tiene-a lo que la clase estalla en sonoras carcajadas. Serán...a primera hora no hablan, éso sí que no, pero cuando es para reírse de alguien...
-Gracias-mascullo, a lo que me vuelvo a mi sitio.

Así pasan las clases, largas y aburridas. Cuando suena la última campana, camino apresuradamente hacia las taquillas y meto unos cuantos libros que no voy a necesitar esta tarde. Después, seguidamente, corro hacia la entrada del instituto. Siempre hay un pequeño grupo (los cuales vivimos en la misma zona) que se van juntos hacia sus casas. Sí, está muy bien, pero tienen una norma. O en cinco minutos estás en la entrada, o adiós.

Al lado de una de las grandes columnas, están apoyadas Noah y Angela. Parece que están leyendo un libro...Espera. ¿Un libro? ¿Ellas? Aquí ocurre algo raro.

-¿Qué estáis tramando?-ellas dan un respingo, lo que provoca que por poco se les caiga el libro de las manos.
-¿Nosotras? ¿Qué vamos a estar tramando, Syd?-dice Angela con voz nerviosa, a lo que la fulmino con la mirada.
-Parece que estáis leyendo algo interesantísimo...
-No, qué va, estamos leyendo unos simples apuntes de Francés.
¡Já! ¿Con qué Francés, eh?
-Y por éso está tan perfectamente encuadernado que tiene una portada que reza "Diario de Lil Stew.."-no puedo terminar, ya que Noah me cierra la boca con la mano, casi dándome una torta.
-¡MmMm!
-Mejor que hoy nos vayamos aparte-susurra Noah, todavía con la mano sellando mi boca.
-Pero ¿ y Lydia? ¿Y los demás?-protesta Angela.
-Ya nos disculparemos más tarde. ¡Vamos!
Y, sin ton ni son, Noah me arrastra fuera del instituto hasta unos metros más allá. Sin embargo, todavía no puedo protestar como es debido.
-¡MmMm!
-Oh, perdona-dice Noah, quitando la mano de mi boca.
-Uff, gracias, pensaba que la habías pegado con Superglue o algo.
En ese momento, Angela, que ha llegado mucho antes que nosotras (ya he contado que es increíble en los deportes), me fulmina con la mirada.
-Pero serás...¡Lil Stewart estaba a unos metros de nosotras! ¿Tú sabes lo que nos podría hacer?
-Si sencillamente no fueseis tan cotillas...
-¡No es éso, Syd! Es que ha hecho...
-Mejor dicho, va a hacer...-corrigió Noah.
-Sí, tienes razón. VA A HACER algo horroroso.
-Ah, ¿sí, y qué es? ¿Dejar calva a Sarah?
Angela me mira de una manera que hace que me calle al momento.
-No. Mucho peor.
En ese momento, suena Give Me Everything, de Pitbull y Ne-Yo. Angela mete corriendo las manos en su nueva mochila de Roxy, tanteando con la mano a ver si encuentra lo que busca. De repente saca la mano con su BlackBerry.
-¿Sí?...Ah, mamá, ¿qué quieres?...Sí, estoy de camino, pero...-después de una larga charla por parte de su madre-¡vale, vale, ya voy!
Cuelga, y se dirige hacia nosotras.
-Lo siento, pero me tengo que ir. Me toca recoger a mi hermano de la escuela.
Noah y yo asentimos. Es habitual que suceda éso, su madre a veces tiene que estar más tiempo extra en el trabajo con algunos papeleos, y su padre no vuelve hasta las 5.
-¿Entonces?-digo, mientras vemos a Angela alejarse.
-Ya te lo contará ella más tarde. Sinceramente, yo no veo capaz de contártelo-y entonces me mira. Me mira de una manera como nunca la he visto hacerlo. Parece tener miedo. Siento un escalofrío por todo mi cuerpo.
-¿Tan...tan fuerte es?
-No es fuerte, es...
Me doy cuenta que es el algo sumamente grave, por lo que me callo. Después de un incómodo silencio, nos despedimos, y me quedó sumergida en mis pensamientos. ¿Qué cosa tan grave está a punto de hacer Lil? ¿Alguna vez ella sería capaz de...? Sacudo la cabeza. Mejor será no pensar en ello.

Cuando llego a casa, y mamá me da un beso en la frente, papá me hace la pregunta de todos los días de: "¿qué tal te ha ido en el instituto?", y Aly me abraza como de costumbre, me doy cuenta de que estoy sudando a mares. La verdad es que el trayecto hacia casa ha sido caluroso. ¿Cómo es posible? Si esta misma mañana estaba congelada...En fin, el invierno también tiene sus variaciones. Antes de sentarme a la mesa a comer, me voy al cuarto de baño a echarme agua fría en la cara, y me doy cuenta de que todo va bien. Ningún nuevo granito; el pelo sigue estando limpio a pesar del sudor, y mis ojos color violeta.

Sí, todo normal.

Sí, lo sé, el capítulo es PATÉTICO, pero dadme tiempo para ir mejorando ^^